Guerra Israel-Palestina: el fracaso de Occidente en Oriente Medio.


Los recientes bombardeos de Israel sobre hospitales, infraestructuras civiles y rutas de evacuación habilitadas por ellos mismos para que los palestinos abandonen Gaza son algo más grande que un conflicto de larga data entre el Estado que dirige Benjamín Netanyahu y el territorio poblado por los palestinos nativos.
El conflicto evidencia el fracaso de la diplomacia Occidental (especialmente estadounidense), que no ha sido capaz de dar cumplimiento a sus promesas de dos estados que coexistan de forma pacífica y en mutua cooperación para el desarrollo.

Al contrario de poner fin a las disputas y generar el ambiente necesario de paz, los estados occidentales con Washington a la cabeza han armado hasta los dientes a Israel y dejado a su suerte a la población palestina que no es responsable de la existencia de grupos terroristas como Hamás, financiado por el mismo Israel aunque luego se les haya vuelto en contra.
Más bien, todo apunta a que esa "diplomacia" occidental era más bien una estrategia geopolítica orientada a afianzar la presencia de Estados Unidos y sus aliados en Oriente, una región extremadamente rica en recursos fósiles, gobernadas por dictaduras teocraticas y bajo fuertes conflictos étnico-religiosos.
El reciente conflicto es una evidencia del fracaso de la política occidental que entregó su palabra a unos y otros, aunque más de 75 años después se ha comprobado que nunca han tenido la intención de dar solución a esta crisis.

La muerte de civiles, la destrucción de edificaciones, los secuestros, la pobreza y el propio auge del terrorismo islamista radical o el extremismo del gobierno israelí son un signo de debilidad de los países "desarrollados" y "civilizados" que no han sido capaces de exportar ese supuesto desarrollo y civilización a su entorno (la "jungla", como lo describió el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell).

Nadie es más responsable de esta crisis y sus consecuencias a largo plazo que aquellos que realizaron promesas incumplidas, permitiendo el auge de facciones armadas radicales y también un nacionalismo neo-fascista como el que ostenta el actual gobierno de Israel.
Nadie tiene más culpa en el sufrimiento de quienes pierden a familiar y conocidos en medio de los bombardeos que aquellos que garantizaron paz, prosperidad y bienestar y décadas después no han sido capaces de nada.

El mundo occidental debería haber entendido hace ya un largo tiempo que su intromisión en los asuntos internacionales no ha servido más que para añadir dolor sobre las llagas abiertas de los sufridos en todos los rincones del mundo (Vietnam, Cuba con el bloqueo, etcétera), incluso en base a mentiras (invasión de Iraq o los golpes de Estado en América Latina del siglo pasado).
Y sin embargo, pese a las evidencias permanentes de su fracaso, ahí sigue: erigiéndose como protector y defensor de los valores democráticos aunque se encarguen de pisotearlos en multitud de ocasiones.

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